Los grandes kabbalistas de los últimos miles de años, mantuvieron esta sabiduría con la previsión de que un día serviría como catalizador para el cambio personal y global. Mi esperanza es que estas palabras despierten tu corazón para ser mejor, para elevarte, para ser mejor hoy de lo que fuiste ayer, para que podamos acercarnos a un mundo sin dolor, sin sufrimiento, e incluso como la Biblia y el Zóhar prometieron, sin más muerte.

Audacia Divina

Puesto: Enero 16, 2009 | Autor: Michael | Archivado como: Nuestro Potencial | 8 Comentarios »

Para aquellos que estamos en un camino espiritual, a pesar del hecho de que hemos estado estudiando y haciendo nuestras conexiones, aún creemos que hay cosas que simplemente no podemos cambiar. Todos tenemos un muro frente a nosotros, una barrera que no nos permite ir más lejos. Sin embargo la verdad es, como Rav Áshlag a menudo decía, que nuestro trabajo espiritual no es ir hasta el límite de nuestras capacidades. Es ir más allá del límite de nuestras capacidades.

Más allá de nuestras capacidades. ¿Cómo logramos eso? ¿Cómo hacemos lo que no podemos hacer y cómo obtenemos lo que no merecemos? Hay un camino. Es a través de lo que los kabbalistas llaman “audacia divina”, esto significa que cuando tenemos un deseo de volvernos más fuertes y un impulso  para crear un cambio verdadero en nuestras vidas y en el mundo, podemos despertar esa fuerza, aún cuando no pensemos que existe dentro de nosotros. Cuando es con el propósito de compartir con otros, no sólo tenemos que, sino que es nuestro deber empujar las barrera de nuestras capacidades.

Hay una historia hermosa en la literatura kabbalística que aporta algo a esta idea.

En los tiempos en que existía el Templo en Jerusalén, gente de todo el mundo viajaba ahí tres veces al año para poder hacer su conexión espiritual. En una de estas ocasiones había escasez de agua y la cantidad de visitantes generó tremenda presión en torno a las reservas de agua.

Para evitar una crisis de salud, un hombre llamado Nakdimón se acercó a uno de los terratenientes más ricos de la ciudad y le pidió prestada el agua de doce de sus pozos, prometiendo pagarle más adelante con exactamente la misma cantidad de agua que le había pedido, o bien con 12 barras de plata. El terrateniente aceptó y la crisis se evitó.

Pasaron los meses, y cuando llegó el momento de pagar, Nakdimón no podía devolver el agua pues no había caído una gota de lluvia en meses. Esa mañana llegó un mensajero a su puerta, exigiendo ya fuera el agua o la plata. Él respondió “Tengo todo el día para pagarte, si para el anochecer no ha llovido, te pagaré con la plata”.

Por la tarde un mensajero llegó de nuevo a su puerta con el mismo mensaje, y Nakdimón respondió lo mismo. Cuando el Sol estaba a punto de ponerse, el mensajero regresó una vez más y se le dijo lo mismo, el día no ha terminado.

Al enterarse de esta última respuesta, el terrateniente se rió porque sabía que era imposible que esa cantidad de lluvia cayera  en un periodo tan corto de tiempo. Era tal su sensación de regocijo que se fue a los baños locales para refrescarse antes de encontrarse con Nakdimón para recoger su dinero.

Mientras tanto Nakdimón se sentía triste, y fue al Templo en donde comenzó a rezar. Su rezo duró poco. “Yo no pedí prestada el agua de esos doce pozos para mí” le dijo al Creador, “lo hice sólo con el propósito de compartir” Esa fue toda su oración.

Inmediatamente después el cielo se llenó de nubes y comenzó a caer lluvia. Llovió tanto en esos pocos minutos que no sólo se llenaron los pozos, sino que hubo un exceso de agua. Cuando salió del Templo se encontró con el terrateniente y le dijo. “¡Ahora me debes dinero! Por el exceso de lluvia acabé pagándote de más”.

El terrateniente respondió “Sé que la razón por la que llovió tanto es que el Creador quería hacerte este milagro. Pero la verdad, si quisiera discutir contigo, podría hacerlo, porque si miras el cielo verás que está oscuro. Quizá ya es de noche, y esta lluvia es en realidad la del día siguiente, después de caer la noche, y por lo tanto, no es tu agua, es mi agua”.

Al escuchar esto, Nakdimón se dio la vuelta y regresó al Templo y rezó otra oración corta para el Creador. “Amo del Universo, deja que sepan que hay gente en este mundo que es cercana a Ti”. Esa fue toda su oración.

Inmediatamente las nubes se dispersaron y salió el sol.

Lo que es poderoso acerca de esta historia es que en ambas oraciones Nakdimón no rogó ni imploró al Creador. Simplemente declaró lo que necesitaba que pasara. Él no se ganó estos milagros, ni tampoco era un gran estudioso o un gigante espiritual. Y sin embargo, porque su único propósito tenía la intención de compartir con otros, se lanzó con toda audacia y pidió, en pocas palabras, lo que necesitaba que sucediera.

Y sucedió. Claro, no todo el mundo está al nivel en que pueden pedir que los cielos se abran. No obstante, el propósito de esta historia es enseñar la importancia de vivir esta consciencia asertiva siempre que nuestro único objetivo sea el bien de los demás. Se supone que debemos aspirar a alcanzar ese lugar donde, como nuestras vidas están dedicadas a elevar a otros, podamos utilizar esta herramienta de audacia divina.

¡Esta semana vive con audacia! Recuerda que puedes pedir más de lo que te has ganado o te mereces. Pero es más que pedirlo, es vivir en esa conciencia. Si vas a hacer algo que implica ayudar a otros, no esperes que salga bien. Insiste en que así sea. Ve más allá de tus límites personales y de lo que crees que puedes hacer y mereces. Porque mientras te enfoques en obtener estas habilidades con el propósito de compartir, puedes pedirlo todo.