Los grandes kabbalistas de los últimos miles de años, mantuvieron esta sabiduría con la previsión de que un día serviría como catalizador para el cambio personal y global. Mi esperanza es que estas palabras despierten tu corazón para ser mejor, para elevarte, para ser mejor hoy de lo que fuiste ayer, para que podamos acercarnos a un mundo sin dolor, sin sufrimiento, e incluso como la Biblia y el Zóhar prometieron, sin más muerte.

La dote perdida

Puesto: Agosto 27, 2009 | Autor: Michael | Archivado como: Historias | No hay comentarios »

Para poder ser capaz de ver la Luz y las bendiciones de las acciones espirituales importantes que hacemos, tenemos que asegurarnos de que nuestro ego no se involucre. Cuando queremos que la gente sepa lo que hemos hecho -y nos respete por eso- hacemos que nuestras acciones espirituales resulten casi inútiles.

Esto requiere consciencia constante, ya que el ego es muy peligroso y busca constantemente maneras de entrar en la situación.

Esta idea está perfectamente ilustrada en una historia famosa acerca de Rav Zusha de Anipoli. Él viajaba por el campo y mientras entraba en cierto pueblo, vio a mucha gente vestida elegantemente y parada esperando a que iniciara una boda. Parecía ser que había un retraso, y se enteró de que esto se debía al hecho de que la madre de la novia había perdido la dote y no podía pagar la boda.

Rav Zusha se abrió paso entre la gente y encontró a la madre de la novia.  Se acercó y le dijo, “Escuché que ha perdido la dote de su hija. ¿Puede por favor decirme las denominaciones del dinero para que pueda ayudarle a buscarlo?”. Después de contarle los detalles, Rav Zusha respondió, “Creo que he encontrado su dinero. Permítame regresar a la posada donde me alojo y traérselo”.

Volvió media hora más tarde y dijo, “Encontré su dinero”. Todo mundo estaba emocionado, y pronto se corrió la voz de que la boda procedería como se había planeado. Sin embargo, de la nada Rav Zusha anunció, “Quiero tomar una cuota de 30% de la dote por haberla encontrado”.

Todo el mundo comenzó a gritarle, “¿Qué está loco? ¡Una cuota por haberla encontrado! ¡Este dinero está financiando la boda! ¡¿Cómo se atreve?!”.

“Perdón, pero creo que me merezco una cuota del 30% por haberla encontrado, y me gustaría que me la dieran ya”, respondió. Pues bien, eso causó un alboroto, como habrán de imaginarse, y toda la familia se abalanzó sobre él, le arrebato el dinero de las manos, y lo echaron del pueblo como un criminal cualquiera.

Unos meses más tarde el líder del pueblo visitaba al maestro de Rav Zusha,  el Maggid de Mezrich, y le contó lo que había pasado. “No entiendo. Es un estudiante tuyo. Esperaba que su comportamiento fuera ejemplar. ¿Cómo pudo comportarse de forma tan egoísta?”.

Perplejo, el Maggid de Mezrich llamó a Rav Zusha y le dijo, “Quiero que nos cuentes la verdadera historia acerca de lo que pasó en ese pueblo”. Rav Zusha objetó, diciendo que preferiría no hacerlo porque era muy vergonzoso. Después de darle vueltas al asunto, el Maggid finalmente le dijo, “Como tu maestro, te ordeno que me cuentes la historia”.

Así que la contó. “Estaba yo viajando de pueblo en pueblo recaudando dinero para la boda de mi hija. Me tomó cerca de dos meses, pero al final reuní dinero suficiente. Cuando llegué a este pueblo y escuché la triste historia de la dote perdida, decidí que como la boda de mi hija no sería hasta dentro unas cuantas semanas, y ésta se estaba llevando a cabo en ese momento, lo correcto era tomar el dinero que había reunido y dárselo a esta familia. Así lo hice.

Pero, quería asegurarme de que nadie sabría lo que había hecho, así que le pregunté a la madre sobre la denominación correcta para asegurarme de que creería que el dinero era de ella. Regresé a la posada donde me estaba quedando, tomé la dote de mi hija, y fui a cambiar el dinero a las denominaciones especificadas por la madre.

En mi recorrido, mi ego empezó a hablarme. “Zusha, ¿quién más en el mundo haría lo que estás haciendo ahora? ¿Quién más en el mundo tomaría el dinero que pasó meses reuniendo, para la boda de su hija, y se lo daría a un extraño? ¿Quién más en el mundo es tan considerado y compartido como tú lo eres?”. A cada paso que daba, mi ego hablaba más alto y se hacía más fuerte.

Me di cuenta de que si dejaba que mi ego creciera, mi acción se convertiría en algo casi sin ningún valor. Sí, habría sido un sacrificio personal grandioso, pero también habría estado completamente arrebatado por mi ego. Sabía que tenía que encontrar tanto la forma de hacer la acción importante, como de aniquilar a mi ego para que no creciera con esta acción. Fue entonces que se me ocurrió la idea de una cuota por haber encontrado la dote, sabiendo de lleno que me echarían del pueblo avergonzándome.

Era el plan perfecto, Podía llevar a cabo la acción de compartir, y aún así disminuir mi ego”.

La lección de esta historia es que las grandes acciones de compartir -cuando son hechas de manera tal que hacen crecer al ego- se vuelven casi nulas. De hecho, pueden ser incluso dañinas. Debemos tener cuidado para que cuando hagamos acciones positivas -especialmente si son grandes y significativas- también pensemos en maneras de prevenir que éstas agranden nuestro ego. Sólo entonces podremos estar seguros de que estas acciones traerán tanta Luz y bendiciones como puedan a nuestras vidas.


El Hombre Santo sin Hogar

Puesto: Febrero 27, 2009 | Autor: Michael | Archivado como: Historias | 13 Comentarios »

Siempre estoy buscando historias para inspirarme e inspirar a mis estudiantes, y la siguiente es una de esas historias. Consérvala en tu corazón y te impulsará a hacer cosas increíbles:

Hace cientos de años había un grupo de hombres sin hogar que viajaba de pueblo en pueblo buscando comida y refugio. Normalmente se las arreglaban, pero no esta vez. Durante semanas y semanas se encontraron sin siquiera un bocado para comer.

Un día estaban sentados en medio del bosque, lanzando ideas de cómo encontrar comida. La cabeza del grupo tuvo una idea. En ese entonces, era común que kabbalistas famosos recorrieran el territorio en busca de gente que necesitara su sabiduría y poder. Y era común que la gente del pueblo los recibiera como reyes, prodigando sobre ellos comida y regalos.

Le propuso al grupo que fueran al río más cercano, lavaran sus ropas, y luego encontraran el pueblo más cercano, en donde dirían a todos, que su líder era una alma grandiosa y justa.

Sin nada que perder, decidieron probar.

Fueron al río y se asearon. Luego enviaron al pueblo más cercano a dos de los pordioseros como emisarios para que alertaran a la gente de que un gran kabbalista estaba por llegar. Fueron a cada lugar de oración, y al Ayuntamiento y anunciaron que el gran fulano de tal llegaría en cualquier momento. La gente se creyó el cuento de cabo a rabo, tanto que el hombre más rico del pueblo los invito a hospedarse en su casa.

¡Un golpe de suerte! Así que, esa noche se encontraron sentados en una mesa magnífica, adornada y llena de comida. Se atiborraron sin recato, engreídos de su exitosa estafa. Hacia el final de la comida, el hombre rico se dirigió al “hombre justo” y murmuró “Tengo que decirte la verdad. La razón por la que te invité a mi casa no fue sólo para compartir contigo. Hay algo que quiero pedirte. Mi hija ha estado enferma durante mucho tiempo y los doctores han renunciado a toda esperanza. Cuando escuché que un hombre de tu grandeza venía al pueblo, pensé que era mi última oportunidad para salvarla. ¿Puedes sanarla? ¿Puedes traer este milagro a nuestro hogar?”

Como podrán imaginar, el grupo de hombres sin hogar estaba sorprendido y asustado. En sus mentes resonaba el hecho de que no sólo eran unos mentirosos, sino que ahora iban a arruinar la esperanza de este hombre. Sin saber que hacer, todos miraron a su “honrado líder.”

Él se dio cuenta de sus miradas y se dirigió al padre, diciendo “Vayamos dentro a ver a tu hija”.  Entraron y el hombre sin hogar tomó algunos libros de oraciones del estante y luego le dijo al padre que lo dejara a solas con la joven.

Permaneció ahí por dos horas y cuando finalmente salió, su cara estaba roja y sus mejillas llenas de lágrimas. Se dirigió al padre y le dijo, “Creo que tu hija va estar bien. Ya se ve mejor. Anda y velo tú mismo.”

Claro está, el padre entró y descubrió que el hombre sin hogar estaba diciendo la verdad. Ella se veía mucho mejor de lo que se había visto en meses, y comprobó que ya estaba sanando.

Mas tarde esa misma noche, luego de que los pordioseros dejaron el pueblo, todos se juntaron alrededor de su líder y le exigieron respuestas, frenéticamente. “¡Tú no eres un hombre justo! ¡Tú eres un pordiosero sin hogar como el resto de nosotros! ¡¿Qué pasó ahí?!”.

Miró  a cada uno de ellos directo a los ojos y dijo “Claro que lo que dicen es verdad. No soy nadie, sólo un mentiroso, sin hogar, como el resto de ustedes. Pero cuando entré en esa habitación y vi el amor que el padre tenía por su hija, rompí a llorar. Me encontré diciéndole al Creador. ‘Tú sabes quien soy - un mentiroso, un don nadie. Pero también sabes el amor que este padre siente por su hija. Él piensa que yo puedo ayudar y aunque ambos sabemos que no puedo, por favor, por el bien de este hombre, permite que tu poder sanador entre en su hija.’ Lloré en esa habitación por dos horas, y el resto, bien, ustedes vieron el milagro como yo”.

Todos nosotros, en algún grado, somos este hombre sin hogar. Puede ser que pensemos que debemos estar a  cierto nivel para hacer milagros a otras personas, pero la lección aquí es clara: no importa que tan bajo creamos que estamos, podemos abrir un canal siempre, a través del cual,  puede fluir la Luz del Creador.

Dejemos que esta historia nos recuerde nunca, nunca, decir “no puedo” o “esto necesita hacerlo alguien más elevado que yo”. Recuerden al hombre sin hogar. Recuerden la vida de la niña que salvó. Recuerden que a través de un deseo genuino de ayudar, todos podemos ser canales para que la Luz traiga milagros grandiosos a las vidas de otros.