Puesto: Junio 4, 2009 | Autor: Michael | Archivado como: Poder Personal | No hay comentarios »
Cada noche, cuando duermo a mi hija Miriam, me pide que le cuente una historia. Hace algunas noches le conté ésta. La he leído muchas veces antes, sin embargo, me impactó como nunca. La historia es acerca del Baal Shem Tov, un alma grandiosa y una persona justa, a quien se le habló por inspiración divina acerca de un individuo cuyo trabajo espiritual era más grande que el suyo. Su nombre era Moisés el pastor.
El gran maestro estaba deseoso de conocer a esta persona, así que juntó a algunos de sus estudiantes, subió a un carruaje rumbo al pueblo, no muy lejos de ahí. Al llegar, vieron a Moisés al aire libre, rodeado de su rebaño. Mientras que sus animales pastaban, él levantó la vista al cielo y le gritó a Dios, “Me has dado tantas bendiciones en la vida. Te amo tanto. Desearía que hubiera alguna manera de corresponderte”.
Moisés se arrodilló. “Tú sabes que soy un hombre sencillo. No sé leer ni escribir. No sé rezar. No puedo estudiar. No puedo enseñar”, alegaba, “pero tengo un silbato de pastor ¡y sé cómo hacerlo sonar! Espero que puedas aceptar esta acción”. Se levantó y comenzó a soplar su silbato con todas sus fuerzas. Después de 45 minutos, Moisés se dejó caer, exhausto. Se quedó recostado ahí por largo rato, y una vez que hubo recuperado sus fuerzas se dirigió al cielo y dijo: “Deseo servirte. Sabes que soy una persona simple, no hay mucho que sepa hacer. ¡Pero sé bailar! Espero que puedas aceptar esto”.
Y entonces Moisés empezó a bailar con todos sus bríos, por 30 minutos hasta que literalmente se colapsó. Una vez más, se quedó tirado por un rato recobrando su energía. Finalmente, volvió a levantarse y gritó: “Quiero darte algo, pero no tengo nada. ¡Pero sí tengo un centavo en mi bolsa! Por favor acepta esto de mi parte”. Arrojó la moneda al cielo con todas sus fuerzas, y de la nada, salió una mano celestial para atraparla.
El Baal Shem Tov se dirigió a sus estudiantes con una sonrisa. “Toda la vida pensé que sabía lo que era el trabajo espiritual. Ahora me doy cuenta que ni siquiera había empezado a entender”.
Muy a menudo disminuimos nuestro propio valor cuando nos decimos subconscientemente: “No estoy en ese nivel aún. Quizá dentro de un año, después de que haya realmente trabajado en mí y crecido, entonces mi trabajo será importante. ¿Pero ahora, qué puedo hacer que sea grandioso?”.
Este pensamiento proviene del lado negativo. Como nos muestra esta historia, cualquier persona, en cualquier momento, puede hacer las cosas más grandiosas, siempre y cuando se entregue completamente. Ahora mismo hay algo que cada uno de nosotros podría hacer, que sería más poderoso que cualquier cosa que llevara a cabo la persona más justa, contando con que pusiéramos todo nuestro esfuerzo en ello. Esta semana, saca esas dudas de tu mente y continúa entrenándote para pensar: “¡Puedo hacer algo grandioso ahora mismo!”.
Puesto: Marzo 5, 2009 | Autor: Michael | Archivado como: Poder Personal | 15 Comentarios »
Cada uno de nosotros tiene un trabajo único que cumplir en este mundo. Todos tenemos un alma y una Luz particular que estamos destinados a revelar. Nadie más en el mundo -pasado, presente o futuro- tiene o tendrá la habilidad de hacer lo que el Creador nos ha encomendado hacer. Si todos los gigantes espirituales fueran a descender y trabajar por un millón de años, ni siquiera ellos podrían hacer nunca lo que nosotros podemos -y debemos- hacer.
Hay una historia acerca de la construcción del Templo Sagrado (un importante centro espiritual del mundo) en Jerusalén. De acuerdo con antiguos textos, las piedras más hermosas fueron recolectadas para su edificación. Durante la construcción, los trabajadores encontraron una piedra tan fea que la separaron y pusieron en un montón de desechos. Cuando el Templo estaba por terminarse, encontraron que faltaba una piedra en una esquina diminuta de la parte más importante del edificio, lo que los kabbalistas llaman el “Santo Santuario” (la cámara sagrada más interna) No sabían qué hacer porque ya no tenían piedras.
Finalmente, un hombre recordó la piedra fea que habían desechado antes, y la recuperó de la basura. No sólo sirvió, ¡sino que encajó a la perfección! El Rey David, incluso, escribe un verso describiendo la escena, “la piedra que los constructores despreciaron se convirtió en la piedra angular”.
Una de las tretas más grandes que nuestro lado negativo usa es convencernos de que no somos merecedores. Pensamos que otros están más informados y son más aptos para hacer cosas grandiosas mientras que nosotros estamos de alguna manera limitados en cuanto a las cosas que podemos lograr. Pero como nos enseña esta historia, lo más bajo puede convertirse en lo más alto, porque cada uno de nosotros tiene un don único y sólo nosotros podemos compartirlo con el mundo.
Hay otra historia del estudiante de un gran kabbalista que deseaba lograr grandes cosas en este mundo, pero dudaba de su habilidad para hacerlas. El estudiante le dijo a su maestro, “si tan sólo tuviera el cerebro de este gran sabio, la visión de este otro gran sabio, y las habilidades físicas de este otro gran sabio, entonces podría hacer algo importante con mi vida”.
El kabbalista respondió, “Hay cosas que nadie más hace en el mundo y que sólo tú puedes hacer por los demás, por tus cualidades únicas. No necesitas las habilidades de nadie más para alcanzar el propósito importante de tu vida”.
Este es un punto esencial. Muchos de nosotros pensamos, “Si tan sólo tuviera este talento, o educación, o dinero, y esto y aquello, entonces podría hacer grandes cosas”. Los kabbalistas nos advierten acerca de este pensamiento tan erróneo. Somos exactamente como debemos ser, y nadie puede hacer lo que podemos -y necesitamos- hacer. La Luz nos dio todo lo que necesitamos y todas esas personas de las que estamos celosos no podrán hacer jamás lo que nosotros podemos hacer.
El gran kabbalista polaco del siglo XVIII, Rav Zusha de Anipoli, dijo en una ocasión “Cuando vaya al cielo, no me van a preguntar ‘¿Por qué no fuiste Moisés? ¿Por qué no fuiste Abraham? Me preguntarán ¿Por qué no fuiste Zusha?’”.
Cada uno de nosotros tiene todas las cualidades para hacer lo que debemos hacer. No necesitamos ser alguien más. Somos exactamente quienes somos por una razón, y tenemos un alma y misión únicas que sólo tú o yo podemos lograr. El énfasis que se haga sobre este punto nunca será suficiente. Hay mucha gente cuyos dones únicos permanecen escondidos. Y si dejan este mundo sin mostrar sus dones, el mundo tendrá para siempre esa carencia, sin importar cuantos gigantes espirituales lleguen a existir.
Esta semana, date cuenta que hay gente cuyas vidas pueden ser influidas, mejoradas y transformadas sólo por ti. Mira hacia adentro y pregúntate, “¿Cuál es mi don singular para dar a este mundo?”. Una vez que sabes qué estás buscando, lo encontrarás. Y cuando lo hagas, abrázalo porque nadie más puede revelar la Luz única que tú debes revelar.